Leica ha realizado una campaña de publicidad con Wim Wenders fotografiando sin ton ni son por la ciudad, recogiendo esas imágenes que ahora nos resultan tan artísticas: cables eléctricos parcelando el cielo, techos de uralita y ruinas de hormigón. Nos habla de una cámara de las de antes, como la que tenía su padre, mientras nos muestran las variaciones del diafragma, la rueda que controla la velocidad de obturación y los anillos de enfoque mecánicos a nuestra disposición sobre el objetivo. Toda la excelencia del mundo mecánico y manual con un preciso sensor digital. Lo que desea todo joven viejo, lo que desea el artista.A mi ya me cansa toda esta pose que nos traemos. Que si la cámara como la de antes, que si las ruinas de hormigón, que si el cielo parcelario, que si el artista solitario que nos muestra su punto de vista de la sociedad masificada en la que convive. Las cámaras de antes eran exclusivas y reparables, se conservaban como oro en paño y se aprendía a repararlas, engrasarlas y limpiarlas porque conseguir una nueva era imposible. Su exclusividad era la que hacía al fotógrafo. Luego llegó el tiempo en el que todos tenían un primo soltero que, a falta de hijos a los que comprar pañales, se compraba una cámara y hacía fotos en las reuniones familiares. Luego eran los propios padres quienes compraban una cámara para fotografiar a sus hijos –hoy, además de cámara de fotos se suelen hacer con una cámara de vídeo también–... El tiempo en el que una cámara era un objeto artístico, en el que el papel baritado iba a destronar el lienzo, ya pasó. Eran tiempos en los que una cámara era un objeto valioso de por sí y no una manera de mirar el mundo, sino una manera de cazarlo, de atraparlo, una forma distinta de mirar, un privilegio y no un juego ni una expresión individual. Los que antes fotografiaban el cielo a través de unos cables de la luz miraban fascinados a una inmensidad azul hacia la que el hombre en cuanto sociedad estaba preparándose para dar caza tejiendo, poco a poco, una endiabla telaraña técnica. Hoy, cuando el artista fotografía un cielo parcelario sólo está fotografiando el huerto de sus padres, el huerto de la familia social en la que ha tenido la suerte de vivir. Ellos retrataban lo que estaba pasando, nosotros repetimos un gesto buscando recuperar las emociones nuevas de un mundo pasado que no somos capaces de encontrar en nuestro absolutizado presente. Al joven viejo le da igual que haya otros fotos ya hechas, y mejor hechas que las que él nunca podrá hacer, porque tenían un valor que él nunca será capaz de sentir. A sus amigos no les sorprenderán las imágenes de otros tiempos más que por el moho vintage que tiene el papel que las soporta. No se esforzará en buscar una foto maravillosa tirada por otro hombre en un tiempo en el que valía la pena fotografiar el cielo porque poco a poco nos lo estaban robando. El joven viejo prefiere la inconsciencia de sentirse artista cazando un mero retrato de familia. Si supiera que todas sus gestas fotográficas son un verdadero pastiche dedicaría menos tiempo a fotografiar aquellos cables que siempre están ahí y se esforzaría en hacer fotos bonitas de aquellos que tiene a su alrededor para enseñarles lo guapos que son por aguantarlo. Y si uno se siente suficientemente clarividente y piensa que realmente tiene algo que contar sobre lo que pasa, siempre puede comenzar un nuevo Atlas. |